Voy a correos a comprar una de esas cajas verdes para enviar un regalo. En 35 minutos de espera cuando sólo tienes una persona delante te da tiempo a pensar bastante. Lo primero es que los funcionarios que trabajan en esta oficina pueden enfermar de cualquier cosa menos de stress, por el ritmo que llevan. Cuando por fin me toca, me acerco al mostrador correspondiente y me dirijo a la amable señora que me va a marear atender.
-Buenas tardes. Quería una de sus Cajas ecológicas Línea Verde de tamaño pequeño, por favor.
-Una caja… pfffff.
…
…
…
…pffff.
¿Una caja decías?
-Sí, una caja, como esas que tienen en este expositor situado a 50 cms de usted.
-Ya, ya… Sí, una caja… … … … … Una caja… … … … ¿Y tú no tienes una por ahí que puedas usar?
-Pues sí, precisamente llevo ocho en el bolso de diferentes tamaños y colores, pero se me ha ocurrido venir a perder el tiempo, malgastar mi dinero y molestarle a usted pidiéndole algo que ya tengo.
Ante la cara de perplejidad de la señora, deduzco que he elevado demasiado el nivel de la conversación.
-Que no, que no tengo ninguna caja. Y por eso quiero una. Y por eso se la estoy pidiendo, porque las venden aquí.
-Sí, ya, pero no sé yo… ¿Y para qué la quieres?
-Para meter tu cabeza cercenada y no manchar el suelo con tu sangre de horchata, maldita vaga desustanciada. Para enviar estos regalos (se los enseño). Así que con una pequeña será suficiente.
-Pero no sé yo… Tú tener, no tienes ninguna, ¿verdad?
Ante mi cara de cabreo, se levanta y se va a buscar una caja. Regresa tras unos minutos con un sobre acolchado.
-¿Y no te apañas con esto? Es que cajas… tendría que buscar por ahí y a lo mejor no queda ninguna.
Con el “por ahí” hace un lánguido ademán con su mano señalando la lúgubre trastienda de la oficina de correos. Miedo me da ese sitio…
-Pues no, porque es para un regalo, y necesito una caja. Y si tan difícil es buscarla, podría sacar esta de este expositor y listo.
Juro que he dicho lo que habéis leido, pero la señora tiene cara de haber escuchado algo así como “bébete esta estricnina sin rechistar, zorra”.
-¡Uy! El expositor dice… Ni pensarlo. Esas cajas, como si no estuvieran.
Me entran ganas de tener la estricnina a mano, pero me contengo porque para mí es más importante que el regalo llegue, así que opto por irme refunfuñando a otra oficina de correos a probar suerte. Todavía tengo la duda de si era una cámara oculta o es que lo que se dice de los funcionarios es una exageración… POR LO BAJO.
Por cierto, el regalo es para mi querida O.B. A ver si sales pronto del hospital para poder entrar aquí y reírte un rato leyendo la historia de cómo te envié esa caja. Te quiero, amiga.